Tan solo levantarme sabiendo que puedo contar contigo, que estás a mi lado, que me quieres, y mis días están completos. Saber que si tengo miedo, podré acurrucarme entre tus brazos y escuchar como me dices al oído que todo saldrá bien me da la fuerza necesaria para enfrentarme a todo. Que si las lágrimas inundan mis pupilas estarás tú para acariciarme las mejillas y recordarme que siempre te voy a tener a ti es lo único que necesito para poder seguir.
No lo fui buscando y mira, al final lo he encontrado. He encontrado la razón por la que levantarse cada mañana no cuesta, por la que no me perdería un Lunes a las siete y media de la mañana por nada del mundo y es que, lo admito, si pudiese tumbarme contigo en la cama, en el sofá, sólo tumbarnos, juntos y abrazados, me daría igual no saber si es Lunes o Martes, si es de día o de noche, si hace frío o ha llegado el verano. No me importaría qué hora fuese, ni qué está pasando en el mundo. Me sobrarían el móvil, internet, el correo y el timbre de la puerta. No necesitaría comer, ni dormir, ni respirar si quiera. Si pudiese quedarme acurrucada en tu pecho, escuchando como te late el corazón, mientras tu me acaricias la espalda y juntos hacemos sueños, planes, futuros idílicos, lo dejaría ahora todo y firmaría donde hiciese falta.

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