martes, 16 de abril de 2013

Miedo.

Una vez, en una playa de este pequeño mar, sentada sobre unas piedras oscuras que se adentraban en el agua unos escasos metros, tuve la sensación de que alguien, al hablar, estaba explicando mis sentimientos mucho mejor de lo que yo era capaz. 
Me explicó la agobiante sensación de que todo se te queda pequeño, de que el futuro está demasiado cerca, de que las alas se te están quedando pegadas a la espalda de tantas veces que deberías haberlas batido y no has sido capaz. Pocas veces en mi vida he sentido tanta empatía por alguien en un momento, pero también han sido pocas las veces que nadie ha compartido esas sensaciones que más bien pensaba que eran fruto de un mal engranaje de mi cerebro.
De eso hace tres años, tres largos y hastiosos años tanto para esa persona como para mi. A día de hoy ella es mi mejor amiga, dentro de unos meses batirá tan fuerte las alas que le llevarán a mi punto de partida, y con ella, se llevará gran parte de mi. Ella y yo, soñadoras hasta el punto de inventarnos una realidad diferente para aquel idílico lugar. Esta claro que las cosas cambian muy deprisa. 
Lo que parece ser que no ha cambiado es esa sensación para ambas. A ella se le queda pequeño el mundo, y a mi se me queda pequeña mi propia persona. 
Esa angustiosa sensación ahora remite hasta mis propios huesos, y se manifiesta con un horrible nudo en la garganta, lágrimas como puños que parece ser lo único que mi cuerpo es capaz de proyectar, y unas ganas tremendas de sacarlo todo fuera. 
Mañana seré adulta, y eso me produce un tremendo miedo. Se cómo será mi vida, se qué será de mi, pero me asusta que esa parte de mi que fue capaz de crear Australia a medias, se convierta en una mísera partícula y acabe encerrada en ese cajón sin fondo donde poco a poco voy metiendo todo lo que he dejado de ser. Supongo que siempre quise ser una más de los Niños perdidos cuyas niñeras no reclaman cuando se caen del carrito. 
Pero sobre todas las cosas que temo, la primera de esa interminable lista es a mi misma. 
Temo tener miedo y salir corriendo, temo no saber dar más de mi y decepcionar, temo no estar cuando se me necesita, temo olvidarme de quien he sido y nunca llegar a saber quién soy, temo dejar de poder sacar todo lo que me obstruye la garganta llenando folios y folios como antes hacia, consiguiendo que alguien se estremeciese al leerlo, temo no soportar ver como ese cajón se va llenando a la par que yo me voy vaciando, temo ser testigo de la destrucción uno por uno de todos mis sueños. Me temo a mi, y a todo lo que sé que llevo por dentro. 

martes, 2 de abril de 2013

Right here, right now.

¿Sabes? El mundo es, a efectos prácticos, una oleada constante de problemas, un martilleo continuo de consumo y un torbellino infinito de pensamientos. Y en medio de todo eso, en las puertas de la que de pequeños creíamos que era la mas pura libertad y de más mayores nos damos cuenta de que es solo la responsabilidad de ser tú quién elige y quién sufre las consecuencias, estamos nosotros.
Nosotros, los que dicen que "ya tenemos una edad" pero no la edad suficiente, los que debemos "comportarnos como adultos" aún teniendo un niño correteando dentro de nuestro cuerpo, los que nos dicen eso de "ahí a fuera todo es muy duro" pero no nos dejan comprobar su verdad.
Suena agobiante y muchas veces lo es. Vivir entre dos existencias. La de ser un niño que sólo desea media hora más de libertad para salir con sus amigos, el que aún tiembla cuando sus padres le llaman por su nombre completo; y la de un recién estrenado adulto al que aún le queda grande la posibilidad de decidir dónde, cómo, con quién vivir su vida. Esa delgada linea de escasos cinco o seis años, esa etapa que todos tienen por la que será la más feliz de nuestra vida, nuestra amada adolescencia.
Pero es que ser adolescente muchas veces no es eso. ¿Acaso de verdad creen que nos pasamos el día penando en qué será de nosotros en un futuro? No. ¿O en qué podemos hacer para que no seamos castigados? Tampoco. Muchas veces, y hablo por la propia experiencia de una chica de dieciséis años con la cabeza llena de pájaros, el corazón a rebosar de sueños, el futuro aún incierto y mucha vida por vivir; los adolescentes nos limitamos a vivir lo que está sucediendo y es eso lo bonito de esta época, lo esencial. Equivocarnos, divertirnos, acarrear con las consecuencias después. ¿Si no te equivocas siendo adolescente, cuándo lo harás?
Y es que es en esta época cuando ya hemos aprendido que el fuego quema, que el hielo está frío, pero aún tenemos que aprender que no todo el mundo es quién dice ser, que los amigos van y vienen, que el amor no siempre es verdadero. Esta es La Época, Nuestra Época, y ¿sabéis qué? Nos toca vivirla.