Mi pequeño paraíso, llevo tanto tiempo sin acercarme a ti que hasta me siento culpable.
Y es que este rincón del mundo ha sido siempre un escondite perfecto para todas esas palabras que, por miedo, preocupación o incapacidad, no he sabido decir en voz alta. El problema está en que hace mucho que no tengo miedo, que no siento preocupación y que me veo capaz de cualquier cosa.
Hasta ahora.
Ahora hay algo a lo que mi cabeza sucumbe cada día, más bien cada noche, hasta que el sueño puede conmigo. Los cambios. Tan inevitables como respirar, como equivocarse. Tan inhóspitos como las selvas caribeñas. Tan inciertos como la suerte.
Hay gente que afronta los cambios como un reto. Yo era así de pequeña. Las personas así suelen sentirte vivos con los cambios y mueren ante la rutina, ante la certeza del futuro. Hace años, cuando aún era la única de mi casa a la que le apasionaba cambiar de colegio, de casa; me sentía angustiada cuando mis padres hacían planes por mi y me controlaban las decisiones. A día de hoy a veces extraño la tranquilidad de que mis decisiones las tome otro, y que en otro caiga el peso de los errores. El problema es que después de tantísimos cambios, y tantísimas horas de adaptación, ya no siento ninguna afinidad con ese tipo de gente.
También conozco gente a la que los cambios no les gustan. Simplemente les resulta más cómodo refugiarse en la rutina y así, no tener que pensar en qué pasara mañana, sabedores de que mañana será igual que hoy, y que ayer. Los cambios les resultan incómodos, pero los afrontan cuando no hay más remedio. Quizá también fui así hace años, cuando afrontaba la vida con pasividad convencida, erróneamente, de que sería como habían planeado para mi.
El problema es que ya no soy así. Supongo que habrá más gente como yo, que sencillamente sientan un miedo horrible por los cambios. Cinco colegios. Dos ciudades. Infinidad de situaciones en las que mi vida casi se da de nuevo la vuelta. Quizá realmente si tenga motivos para temer más cambios. O no. Pero así es. Siento verdadero miedo cuando veo que un cambio se acerca y no se cómo será mi vida después.
No exagero cuando digo que en decenas de situaciones mi vida ha sido un caos. No sabría recordar cuantas veces me han sentado mis padres en el sofá de mi casa y me han dicho que algo pasaba, que algo iba a cambiar. Nunca fueron buenas nuevas las que llegaban en esas conversaciones.
Y ahora se avecina un cambio. Uno enorme. El primero en el que mis padres no me sentarán en el sofá. El primero en el que realmente no puedo delegar mis decisiones. Mi primer cambio como persona adulta. Dentro de exactamente diez meses habré terminado el instituto y dentro de 20 días o menos, empezaré el último curso.
Me asusta, me abruma pensar que todo esto vaya a terminar. Llamarme loca, insensata o como queráis, pero para mi el instituto es una de las mejores cosas de lo que llevo de vida.
En cada colegio y en cada instituto de los cinco a los que la vida me ha llevado he encontrado cosas maravillosas, problemas enormes par alguien tan pequeña pero sobretodo, he encontrado personas que me acompañarán toda la vida. Y en diez meses se acaba todo.
Miles de preguntas llenan mi mente todas las noches. Tantas veces he soñado con que llegase esta momento, con comenzar mi carrera, con llegar a ser una escritora y una periodista... Y ahora es lo que me quita el sueño a diario. ¿ Será difícil? Si otros antes que yo han podido, ¿podré yo?. ¿Estaré a la altura para lograr mi sueño?, ¿dónde?, ¿cómo?.
Demasiadas preguntas sin respuesta y macabramente me río de mi misma.
Yo, que me he hartado de presumir de independencia, de saberme cuidar. La niña que nació con cuatro años ya cumplidos, decía mi madre. Ojalá pudiese restarle ahora esos años y volver al pasado.
Pero no puedo, el presente ya esta aquí. Y tengo mucho miedo.
Porque quizá, esta vez, no sea suficiente con ser más fuerte que la lluvia.