En un momento de distracción en clase, miras al cielo y te das cuenta de que su color azul es igual de añil por muy negro que tú veas el futuro o muy grises que sientas los días.
Y piensas.
Piensas en que sería muy sencillo ser uno de esos pájaros que vuelan sin más preocupación que cazar algún algo de comer y resignados a saber que morirán siendo presa de un animal más grande.
Pero no tines alas, ni plumas, en cambio tienes una cabeza poco organizada, un puñado de ideas en la cabeza y un miedo atroz a ver pasar tu vida y que todos tus sueños no lleguen a ser más que eso, sueños.
Y respiras.
Respiras porque sabes que es inevitable sentir todas esas cosas, sabes que se te comerán los gusanos con muchas ideas y muchos sueños aún en el tintero, sabes que nunca tendrás la cabeza organizada. Pero te sientes bien. Sabes que aún tienes la oportunidad de hacer posible lo imposible, de equivocarte, de reírte de tus errores, de soñar despierta, de vivir, de morir de amor, de llorar de la risa y reírte de las lágrimas, de correr, de parar y de cambiar el rumbo.
Nunca podremos dejar de mirar al cielo y sentirnos libres, capaces, únicos, seguros, Porque como dijo William Shakespeare, "estamos hechos de la misma materia que los sueños".
Y aunque eso no significa que no caeremos, sufriremos, lloraremos y nos sentiremos perdidos; podremos conseguirlo.
Porque igual que en una bandada de pájaros, cuando el líder se siente exhausto otro lo releva, tu tampoco estarás nunca sola, y aunque quizá haya gente que siga volando sin ti, siempre tendrás un par pájaros a tu lado que te digan "estaré siempre contigo", "todo es posible".