lunes, 2 de septiembre de 2013

Time to change.

Mi pequeño paraíso, llevo tanto tiempo sin acercarme a ti que hasta me siento culpable.
Y es que este rincón del mundo ha sido siempre un escondite perfecto para todas esas palabras que, por miedo, preocupación o incapacidad, no he sabido decir en voz alta. El problema está en que hace mucho que no tengo miedo, que no siento preocupación y que me veo capaz de cualquier cosa.
Hasta ahora. 
Ahora hay algo a lo que mi cabeza sucumbe cada día, más bien cada noche, hasta que el sueño puede conmigo. Los cambios. Tan inevitables como respirar, como equivocarse. Tan inhóspitos como las selvas caribeñas. Tan inciertos como la suerte.
Hay gente que afronta los cambios como un reto. Yo era así de pequeña. Las personas así suelen sentirte vivos con los cambios y mueren ante la rutina, ante la certeza del futuro. Hace años, cuando aún era la única de mi casa a la que le apasionaba cambiar de colegio, de casa; me sentía angustiada cuando mis padres hacían planes por mi y me controlaban las decisiones. A día de hoy a veces extraño la tranquilidad de que mis decisiones las tome otro, y que en otro caiga el peso de los errores. El problema es que después de tantísimos cambios, y tantísimas horas de adaptación, ya no siento ninguna afinidad con ese tipo de gente.
También conozco gente a la que los cambios no les gustan. Simplemente les resulta más cómodo refugiarse en la rutina y así, no tener que pensar en qué pasara mañana, sabedores de que mañana será igual que hoy, y que ayer. Los cambios les resultan incómodos, pero los afrontan cuando no hay más remedio. Quizá también fui así hace años, cuando afrontaba la vida con pasividad convencida, erróneamente, de que sería como habían planeado para mi.
El problema es que ya no soy así. Supongo que habrá más gente como yo, que sencillamente sientan un miedo horrible por los cambios. Cinco colegios. Dos ciudades. Infinidad de situaciones en las que mi vida casi se da de nuevo la vuelta. Quizá realmente si tenga motivos para temer más cambios. O no. Pero así es. Siento verdadero miedo cuando veo que un cambio se acerca y no se cómo será mi vida después. 
No exagero cuando digo que en decenas de situaciones mi vida ha sido un caos. No sabría recordar cuantas veces me han sentado mis padres en el sofá de mi casa y me han dicho que algo pasaba, que algo iba a cambiar. Nunca fueron buenas nuevas las que llegaban en esas conversaciones. 
Y ahora se avecina un cambio. Uno enorme. El primero en el que mis padres no me sentarán en el sofá. El primero en el que realmente no puedo delegar mis decisiones. Mi primer cambio como persona adulta. Dentro de exactamente diez meses habré terminado el instituto y dentro de 20 días o menos, empezaré el último curso.
Me asusta, me abruma pensar que todo esto vaya a terminar. Llamarme loca, insensata o como queráis, pero para mi el instituto es una de las mejores cosas de lo que llevo de vida.
En cada colegio y en cada instituto de los cinco a los que la vida me ha llevado he encontrado cosas maravillosas, problemas enormes par alguien tan pequeña pero sobretodo, he encontrado personas que me acompañarán toda la vida. Y en diez meses se acaba todo.
Miles de preguntas llenan mi mente todas las noches. Tantas veces he soñado con que llegase esta momento, con comenzar mi carrera, con llegar a ser una escritora y una periodista... Y ahora es lo que me quita el sueño a diario. ¿ Será difícil? Si otros antes que yo han podido, ¿podré yo?. ¿Estaré a la altura para lograr mi sueño?, ¿dónde?, ¿cómo?. 
Demasiadas preguntas sin respuesta y macabramente me río de mi misma.
Yo, que me he hartado de presumir de independencia, de saberme cuidar. La niña que nació con cuatro años ya cumplidos, decía mi madre. Ojalá pudiese restarle ahora esos años y volver al pasado. 
Pero no puedo, el presente ya esta aquí. Y tengo mucho miedo. 
Porque quizá, esta vez, no sea suficiente con ser más fuerte que la lluvia. 

lunes, 17 de junio de 2013

Mi roll.

Siempre, en mi vida, hay una Belle Époque en la que resulta que alguien se cruza en mi camino, y por alguna razón, decide quedarse conmigo. Es una época bonita y  casi todas las veces me engaño a mi misma pensando que no va a pasarme de nuevo lo de la vez anterior, pero siempre me equivoco.
En esta vida hay gente hecha para ser importante, para decir "joder, esta persona me ha marcado", pero no todos pueden ser asi, y ese no es mi papel, mi roll es otro.
Siempre llega ese momento en el que me acabo sintiendo como un hotel malo de carretera. De esos a los que la gente solo va cuando sale desesperada de casa, sin maletas, con la única intencion de salir corriendo. Se sienta en la pegajosa barra de  mi bar a que escuche tristemente sus problemas y le de cuatro inútiles consejos que realmente sé que ni quieren ni sé dar. 
Ese acaba siendo mi papel. El de estar ahí cuando todos fallan, cuando el mundo se queda grande, cuando quieren escapar. Lo malo es que a todos se le dan más oportunidades, que el mundo vuelve a ser pequeño y vuelven a sentirse con fuerza, y entonces se marchan. Abandonan el viejo hotel de carretera, y creedme, no me quejo de ello, yo también lo abandonaría en cuanto dejase de ser imprescindible estar ahí. Pero eso no hace que sea menos doloroso volver a verme sola. 
Una y otra vez me reafirmo en pensar que, al menos se que esas personas nunca estarán solas, siempre me tendrán a mi cando todo falle, y me consuela saber que tengo un mínimo papel en sus vidas, aunque sea ese. Llamadme kamicace pero prefiero sentirme sola mil días y que al mil uno venga alguno de ellos, le ayude a levantarse, a quitarse las lágrimas, le diga "tu vales, yo sé que tu vales", y ver como se vuelve a comer el mundo, que la situación contraria y que ninguno de ellos se sienta sólo durante un escaso segundo. 
Y aunque se que en esta generalización estoy incluyendo a quien no lo merece, es la excepción que confirma la regla: ese es mi papel, es mi roll, y al menos eso se hacerlo bien.

domingo, 19 de mayo de 2013

He.

Me pregunta qué me pasa y yo ya no sé qué contestar. Un gran abanico de problemas y de temática con las que podría excusar mi desanimo se abre para mi pero es que ya no puedo mas. Una rápida y salada lagrima rompe con mis barreras y abre paso a otras tantas. No me quedan fuerzas, ni ganas, no me quedan. Suspiro y me tapo la cara con las manos, dejando que ahora las lágrimas vayan directamente a mis muñecas. 
Paso así segundos antes de que él me separe las manos y me abrace, dejando que empape su hombro con mis problemas. Me encamino al aseo y no me gusta lo que veo en el espejo. Esta no soy yo, esta no quiero ser yo. Yo era fuerte, lo era, de veras.  Abro el grifo para lavarme la cara, me quito el maquillaje corrido y suspiro de nuevo. Me asomo a la ventana del aseo y, aprovechándome de una fuerte ráfaga de viento,  inhalo una buena bocada de aire. Me quedo alli unos momentos, pensando, y los problemas empiezan a crecer de nuevo. Me estoy sintiendo muy sola de nuevo, así que vuelvo a su lado. 
Cuando llevo tiene una enorme sonrisa para mi, y las ganas de continuar se multiplicar por mil millones. Me siento de nuevo a su lado. "Lo siento, todo pudo conmigo" balbuceo, "cuando algo pueda contigo, estaré yo, ya no estarás nunca sola" me promete él.
Y poco a poco, abrazo a abrazo dejo de gimotear como una niña pequeña y me acurruco a su lado mientras mis problemas van menguando y yo voy sintiéndome más y más fuerte.

lunes, 13 de mayo de 2013

Real dream

Si hay algo que todos tenemos son miedos y sueños, muchos miedos y sueños.
Vivir con sueños es una de las cosas mas maravillosas que el hombre es capa de hacer, y es lo que hace que vivir merezca la pena. Hasta la persona más realista sueña despierta cuando nadie le mira, y a veces son esos sueños secretos y personales los que más felices nos hacen al cumplirse. Soñamos prácticamente desde el momento en el que existimos, y eso nos da fuerzas para afrontar lo que espera ahí fuera. Soñamos crecer, soñamos volar, soñamos tener, soñamos amar. 
Y entre sueños, a veces aparecen los miedos.Hasta la persona más valiente y más segura, la que primero afronta los problemas, tiene miedo. Hay miedos tan simples como mirar debajo de la cama al acostarnos, y miedos tan profundos como al olvido, a la muerte, al cambio. Nadie puede decir que nunca ha sentido cómo se le aceleraba el pulso por el miedo a ser rechazado, nadie puede jurar que nunca tambló cuando cogió velocidad por primera vez en un coche, nadie.
Pero de entre todos los miedos, si hay uno que realmente nos es común a todos, es el miedo a la soledad. Y es que, si existe una verdad universal en el mundo, es que a todos nos asusta quedarnos solos, no tener a alguien con quien cumplir tus sueños. Por eso, lo que realmente soñamos todos, lo que hace que valga la pema pasar por rodos los miedos habidos y por haber, es poder tener a esa persona durmiendo en nuestra cama al final del día.

martes, 16 de abril de 2013

Miedo.

Una vez, en una playa de este pequeño mar, sentada sobre unas piedras oscuras que se adentraban en el agua unos escasos metros, tuve la sensación de que alguien, al hablar, estaba explicando mis sentimientos mucho mejor de lo que yo era capaz. 
Me explicó la agobiante sensación de que todo se te queda pequeño, de que el futuro está demasiado cerca, de que las alas se te están quedando pegadas a la espalda de tantas veces que deberías haberlas batido y no has sido capaz. Pocas veces en mi vida he sentido tanta empatía por alguien en un momento, pero también han sido pocas las veces que nadie ha compartido esas sensaciones que más bien pensaba que eran fruto de un mal engranaje de mi cerebro.
De eso hace tres años, tres largos y hastiosos años tanto para esa persona como para mi. A día de hoy ella es mi mejor amiga, dentro de unos meses batirá tan fuerte las alas que le llevarán a mi punto de partida, y con ella, se llevará gran parte de mi. Ella y yo, soñadoras hasta el punto de inventarnos una realidad diferente para aquel idílico lugar. Esta claro que las cosas cambian muy deprisa. 
Lo que parece ser que no ha cambiado es esa sensación para ambas. A ella se le queda pequeño el mundo, y a mi se me queda pequeña mi propia persona. 
Esa angustiosa sensación ahora remite hasta mis propios huesos, y se manifiesta con un horrible nudo en la garganta, lágrimas como puños que parece ser lo único que mi cuerpo es capaz de proyectar, y unas ganas tremendas de sacarlo todo fuera. 
Mañana seré adulta, y eso me produce un tremendo miedo. Se cómo será mi vida, se qué será de mi, pero me asusta que esa parte de mi que fue capaz de crear Australia a medias, se convierta en una mísera partícula y acabe encerrada en ese cajón sin fondo donde poco a poco voy metiendo todo lo que he dejado de ser. Supongo que siempre quise ser una más de los Niños perdidos cuyas niñeras no reclaman cuando se caen del carrito. 
Pero sobre todas las cosas que temo, la primera de esa interminable lista es a mi misma. 
Temo tener miedo y salir corriendo, temo no saber dar más de mi y decepcionar, temo no estar cuando se me necesita, temo olvidarme de quien he sido y nunca llegar a saber quién soy, temo dejar de poder sacar todo lo que me obstruye la garganta llenando folios y folios como antes hacia, consiguiendo que alguien se estremeciese al leerlo, temo no soportar ver como ese cajón se va llenando a la par que yo me voy vaciando, temo ser testigo de la destrucción uno por uno de todos mis sueños. Me temo a mi, y a todo lo que sé que llevo por dentro. 

martes, 2 de abril de 2013

Right here, right now.

¿Sabes? El mundo es, a efectos prácticos, una oleada constante de problemas, un martilleo continuo de consumo y un torbellino infinito de pensamientos. Y en medio de todo eso, en las puertas de la que de pequeños creíamos que era la mas pura libertad y de más mayores nos damos cuenta de que es solo la responsabilidad de ser tú quién elige y quién sufre las consecuencias, estamos nosotros.
Nosotros, los que dicen que "ya tenemos una edad" pero no la edad suficiente, los que debemos "comportarnos como adultos" aún teniendo un niño correteando dentro de nuestro cuerpo, los que nos dicen eso de "ahí a fuera todo es muy duro" pero no nos dejan comprobar su verdad.
Suena agobiante y muchas veces lo es. Vivir entre dos existencias. La de ser un niño que sólo desea media hora más de libertad para salir con sus amigos, el que aún tiembla cuando sus padres le llaman por su nombre completo; y la de un recién estrenado adulto al que aún le queda grande la posibilidad de decidir dónde, cómo, con quién vivir su vida. Esa delgada linea de escasos cinco o seis años, esa etapa que todos tienen por la que será la más feliz de nuestra vida, nuestra amada adolescencia.
Pero es que ser adolescente muchas veces no es eso. ¿Acaso de verdad creen que nos pasamos el día penando en qué será de nosotros en un futuro? No. ¿O en qué podemos hacer para que no seamos castigados? Tampoco. Muchas veces, y hablo por la propia experiencia de una chica de dieciséis años con la cabeza llena de pájaros, el corazón a rebosar de sueños, el futuro aún incierto y mucha vida por vivir; los adolescentes nos limitamos a vivir lo que está sucediendo y es eso lo bonito de esta época, lo esencial. Equivocarnos, divertirnos, acarrear con las consecuencias después. ¿Si no te equivocas siendo adolescente, cuándo lo harás?
Y es que es en esta época cuando ya hemos aprendido que el fuego quema, que el hielo está frío, pero aún tenemos que aprender que no todo el mundo es quién dice ser, que los amigos van y vienen, que el amor no siempre es verdadero. Esta es La Época, Nuestra Época, y ¿sabéis qué? Nos toca vivirla.