Aún recuerdo qué pensé de ella cuando la vi por primera vez. Pensé "¿Quién será esta chica? Qué rara". En aquellos bancos de aquella diminuta iglesia, a diferencia del barullo que montábamos nosotros, ella rezumaba paz. Estaba realmente tranquila y eso me llevó a pensar que no sabría cómo hacer buenas migas con ella, yo, que soy un terremoto.
Pero ya había escuchado antes eso de que las apariencias engañan y debí de pensar en ello durante aquellas siete semanas porque cuando aquellas catequesis acabaron y nos fuimos a aquel bonito hotel, me di cuenta de que tranquila, aquella chica rubia tenía poco. En quince minutos ya nos había contado su historia, una peculiar historia que nos acercó muchísimo.
El resto del fin de semana lo pasamos sin separarnos ni un momento, y ese fue nuestro principio.
Lo que físicamente y a priori psicológicamente parecía opuesto, ella y yo, resultamos ser cosas realmente parecidas. ¿Quién con apenas quince años ha organizado su propia revolución contra cosas como las matemáticas?, sólo un par de pequeñas soñadoras y escritoras. Sólo ella y yo. Sólo estas dos hermanas. Encontramos cómo gran cosa en común la facilidad, la necesidad, la pasión por la escritura. Y por eso es aquí, en mi rincón, donde dejo estas líneas dedicadas a aúna de las personas más curiosas, más nobles, más increíbles y más especiales que jamás me he cruzado.
Aún así, esto no lo escribía para contar nuestra historia. No. Esta noche me siento aquí y me pongo a escribir para hacer una promesa. Hoy, 23 de Noviembre, prometo a María García Martínez dos cosas. La primera es que pensaré, lucharé, intentaré y haré todo, todo lo que esté en mi mano para que recuperes lo que te mereces, tu comunidad y a eso que te saca esas sonrisitas tan graciosas. En serio, haré lo que haga falta, cueste lo que cueste, te lo debo, por todo lo que hiciste por mi cuando pase por lo mismo. Y lo segundo es que en el tiempo que tengas que estar pasando por esto, que nadie mejor que yo se que se hace eterno, que las lágrimas se suceden de forma constante y que muchas veces no ves la salida, durante todo ese tiempo, siempre, siempre que me necesites estaré al otro lado de la pantalla del ordenador o a dos minutos corriendo si algún día me lo pidieses.
Esas son mis promesas, y son promesas a una hermana, son promesas que pienso cumplir.
Y para acabar decirte que cuando te sientas sola, cuando creas que ya no puedes más, mira al cielo y piensa que por muy lejos que nos sientas a todos, nosotros también estaremos viendo la misma Luna.
Te quiero hermana.
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