jueves, 15 de noviembre de 2012

Adiós.

Por un momento le gustaría ser fumadora para sentir esa supuesta tranquilidad que aporta darle continuas caladas a un cigarrillo, o tener una botella de algo demasiado fuerte cerca para poder ahogar en ella sus penas, pero sabe que esto es algo que tiene que hacer ella sola.
Se sienta en la cama y uno por uno, piensa en todos los momentos vividos hasta la fecha. Piensa en todo lo bueno y en lo fácil que sería dejarse guiar por ellos, pero también se da cuenta de que la realidad es otra y que no puede mantener idealizada a una persona que no tiene por seguro ni que se acuerde de los momentos en los que ella está pensando. Sin darse cuenta ya está llorando y siente hasta algo de miedo. Quizá miedo a no volver a ser para nadie lo que fue para esa persona, o que nadie sea lo que esa persona fue para ella. Tiene miedo a que, aunque en realidad lo lleva haciendo más de un año, vivir prescindiendo oficialmente de da persona le aleje de las posibles posibilidades que tenga de recuperarla. Pero sabe que ya no tiene otra. No puede pasarse toda la vida esperando algo lo cual todas las señales posibles han dejado claro que no va ocurrir. No puede seguir creyendo que el tiempo no ha pasado y que esa persona sigue siendo la que conoció cuando a cada foto la reconoce menos.
Después de pensar todo esto, se seca las lágrimas de la cara, y siendo más simbólica que nunca, coge un folio y garabatea una pequeña despedida."Lo siento, siento no haber sido suficientemente buena como para que te quedases conmigo. Lo siento, siento haberme creído aquello de..." y para terminar, en letras mayúsculas escribe esa palabra de siete letras que en su día creyó. Después coge una caja de cerillas medio llena, se asoma por la ventana y tras encender una y pegarla al folio, ve arder muy poco a poco aquella despedida, aquel "siempre".

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