viernes, 11 de mayo de 2012

Clock, clock

El grifo de la cocina gotea. Clock, clock, un interminable sonido que apenas se oye a menos que el silencio reine por completo en toda la casa. Cada gota parece la misma y en realidad no tiene anda que ver. Te das cuenta de la cantidad de agua que está desperdiciándose y sientes una frenética necesidad de coger un gran cubo y aprovecharla, pero en realidad no te mueves, y sigues contemplando el repetitivo proceso.
Entonces te das cuenta de que cada gota de agua que se va ya no va a volver, como cada minuto de tu vida que vives. Que en ambos casos parecen insignificantes, inservibles, pero que si juntas muchos ya es algo más importante. Piensas que, al igual que las gotas que caen del grifo, estás desperdiciando la gran mayoría de los minutos de tu vida, que de las mil cuatrocientas cuarenta gotitas que tienes cada día, apenas aprovechas una cuarta parte, y que pronto tu agua se volverá rutinaria, tendrás que usarlas en lo que el mundo te diga y ya no será tu goteo, si no un goteo más en el mundo. 
Vuelves a sentir esa frenética sensación, esta vez por salir de ahí, por dejar de oír el sonido del agua caer al fondo de la pila, que ahora parece que se podría oír aunque estuvieses a varios kilómetros. Sales a la calle y te das cuenta de que hace calor, de que el invierno ha quedado atrás, y miras el reloj durante un minuto completo.  Se te hace más largo de lo que pensabas y te das cuenta del increíble valor que tiene, así que tomas una decisión: harás de cada minuto, un minuto único y especial, para que, llegado el momento, puedas decir que todas tus gotas han servido para llenar una piscina de recuerdos y felicidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario