He dicho adiós a amigos, a familiares, a colegios, institutos, costumbres e incluso ciudades enteras. También a problemas, a personas que yo misma eché de mi vida, a miedos, a sueños. He dicho tantas veces adios, que ya podría hacerlo sin mover un ápice la boca, sin derramar una lágrima, sin temblarme el pulso. Dicen algunos que es una posición demasiado derrotista presuponer desde el comienzo de todo que tarde o temprano habrá un adiós, pero es demasiado difícil no pensarlo después de diecisiete años.
Pero hay algo a lo que no quiero decir adiós, a lo que no estoy preparada. No quiero decir adiós a lo que estoy viviendo ahora, no quiero decir hola a lo que viene por delante. No quiero. Y es que ha pasado todo tan deprisa que tengo la sensación de que a penas lo he rozado con la punta de los dedos. Hace a penas unos meses estaba escribiendo sobre Nuestros Años, sobre esto, y hoy parece que se está acabando. Dentro de seis meses, dos evaluaciones, veinticuatro Viernes, todo cambiará y habrá que decir adiós a todo lo que hasta ahora, era cómodo. Esa profesora que te preguntaba si veía que estabas distraído, ese rincón del patio donde se han debatido grandes temas con tus semejantes, esa mesa de ese Café donde cada semana te distraías de tus problemas, ese camino hasta ese parque donde cada mañana te encontrabas con una buena amiga. Todo eso formará parte de otra etapa, y sin darnos cuenta, seremos adultos. No más listos, no más responsables, no más preparados, sólo adultos. Y yo no quiero decir adiós a todo lo que hasta ahora me resulta familiar y seguro. Porque sé que todo eso no desaparece, seguirá ahí el mismo parque, el mismo Café, tu misma gente, pero ya nada será igual.
Y si, sé que es tan inevitable como respirar, como equivocarse, pero realmente, sólo quiero ser siempre joven.

No hay comentarios:
Publicar un comentario